miércoles, 19 de junio de 2013

Elogio del silencio


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Juan Antonio Mateos Pérez
Ciertamente, vivimos en una sociedad con demasiadas palabras y voces. Palabras de todo tipo, pero en nuestros medios, e incluso ya casi en nuestra cotidianidad, se da una atracción casi enfermiza por el interés de personas, cosas y acontecimientos desagradables. Hoy todo vale, con un relativismo tan brutal, que parece que si uno lo cuestiona, está atentando contra la sociedad o contra la libertad conquistada.
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En el mundo Griego, sobre todo en la Polis ateniense, había cosas que no estaban bien vistas, ni eran aceptables socialmente. Hasta el teatro se sometió a una serie de convenciones, donde en las representaciones de las tragedias o de las comedias no estaban bien vistas las escenas de sexo y muerte, tuvieran lugar en el escenario. Para preservar cierta moralidad o incluso cierta libertad personal dichas representaciones tenían lugar fuera de la escena, como diría Pericles, ob Skena. Hoy en día, el escenario público, medios de comunicación, o bien el espacio público más privado, grupo de trabajo, amigos, grupos de fe o fraternos, también parece que hay una atracción por las disputas y conflictos personales, elevándolos a la categoría de públicos. Como nos diría Aristóteles hay una desfragmentación del deseo, nos es atractivo reproducir cosas de otros, que no entrarían en nuestra realidad, como también ha pasado en el arte o en el cine. Dichos acontecimientos y conflictos son y deberían aclararse fuera de la escena y llevar al grupo lo más positivo y aglutinador.
Desde aquí, queremos hacer un elogio del silencio, frente a la huida personal refugiada en el hablar superficial e intranscendente, incluso de la atracción del conflicto personal. Hoy más que nunca hay una necesidad del silencio, corporal, mental, afectivo, místico. Heidegger nos recordaba que el silencio es una forma de habla, no es una mera ausencia de palabras, sino que forma parte de la estructura del comprender. Decir es posible porque el articular del habla es, fundamentalmente, un escuchar. Esta estructura global del habla, no es un existenciario cualquiera, es lo más radical y distintivo del hombre.
El bueno de don Antonio Machado, identifica ese silencio con lo que está más allá y por encima del ser. El silencio está lleno de Dios. Como resuenan aquellas palabras de San Juan de la Cruz, “una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en el silencio ha de ser oída del alma” (Vida y obras completas, Madrid, BAC, 1978, p. 417). En un mundo con tantas palabras superficiales, paradójicamente, mientras más hablamos y tratamos de decir más cosas, menos comunicamos. Es necesario oír el silencio, sí oír el silencio. Oír esa voz interior a través de una lectura, una experiencia, un símbolo, una conversación, una oración. También, como no, es el eco de nuestra vida interior en convivencia y comunicación con los demás, incluso con los que no piensan como nosotros. Oír el silencio es una invitación a la meditación, al crecimiento espiritual, a la apertura exterior y a la trascendencia. Como no citar en nuestro silencio aquellos versos de Santa Teresa de Jesús “Alma, buscarte has en Mí, y a Mí buscarme has en ti”.
Sólo en Silencio podemos escuchar la voz de Dios, sólo si transcendemos desde el silencio se nos abre el Misterio. Es cierto, a Dios nadie lo ha visto jamás, es muy Otro, es lo totalmente Otro. Pero esa transcendencia no significa lejanía, el Misterio se encarnó en lo más humano, lo más cercano del corazón del hombre. El Misterio es en silencio encarnado, lo que acontece en y a Jesús de Nazaret durante toda su historia. O tal vez, en ese encuentro, el hombre siente la necesidad de callar con un silencio de admiración que ante el anodadamiento, se le presenta como la mejor respuesta.

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