lunes, 17 de junio de 2013

Peregrinación al santuario de Montesclaros



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Juan Antonio Mateos Pérez

Este fin de semana la Escuela de Teología ha peregrinado al monasterio de Montesclaros. Desde antiguo el hombre quiere ir más allá de sí, salir de su espacio y encontrarse con Dios. Ya Abraham abandonó su tierra de Ur para ir a la tierra que Dios la había prometido, así también Israel peregrinó por el desierto más allá de Egipto buscado su tierra prometida. Hoy que en Salamanca muchos peregrinos caminantes van a Cabrera, muchos movidos por la devoción, por un voto, por una gracia o simplemente por la salud, recuperada o que se quiere recuperar. Todo eso está muy bien, pero yo estaba pensado en ese otro viaje de la vida más largo y difícil en la búsqueda de Dios, a esa tierra prometido, pero que en ciertos momentos, y de un modo concreto, como el final de un curso, desea dar gracias en el silencio y de seguir buscando en medio de las oscuridades de la existencia. 

Esta búsqueda, se ha expresado en todas las culturas como un camino. Mircea Eliade, hablaba del ”homo viator”, al estudiar los desplazamientos humanos en el paleolítico superior, muchos de estos conducían a santuarios. Esta imagen la expresó Jorge Manrique en sus coplas: “Nuestras vidas son los ríos, que van a dar al mar, que es el morir…” Aunque, como cristianos pensamos, que no nos quedamos en el mar, sino que lo cruzamos para llegar a nuestro verdadero hogar, la casa del Padre.
Llegamos al santuario, al atardecer del sábado, en medio de la niebla, provocada por el pantano del Ebro. Situado en el municipio cántabro de Valdeprado del Río, cerquita de Reinosa. Es paisaje que lo rodea es un conjunto de bosques de roble, hayas, avellanos y plantas bajas tales como argomas, helechos, brezos.. Con una historia cristiana de largo alcance, se pierde allá por los primeros siglos de nuestra era, posiblemente llevada por soldados romanos acantonados en estos reductos poco romanizados de la Hispania. En el mundo medieval, Fernando III el Santo, lo acogerá bajo su patronato real, asignándole un capellán con la obligación de celebrar un determinado número de misas al año. Por el santuario pasaron cristianos y devotos, eremitas, frailes y legos, etc. En el siglo XVII, Carlos II se lo adjudicará a los dominicos, después de pasar por un largo abandono. No se perderá tampoco con las desamortizaciones, ya que fue adquirido por los alcaldes de la zona y se devuelva a los frailes dominicos en 1880, por el módico precio de una peseta y un sermón anual para todos los alcaldes y pueblo. Un momento difícil fue también en el año 1936, donde fueron asesinados cinco religiosos, la biblioteca sería desvalijada y la virgen será fusilada.
A un pastorcillo, esta Señora
cual bella aurora, se apareció,
y en Montesclaros, Reina María
también es guía de salvación…

En el viaje hacia Montesclaros dio tiempo para ver arte, Frómista, el excelente apostolado de Moarve, el monasterio de monjas cistercienses de San Andrés del Arroyo y por último la iglesia rupestre de los Santos Justo y Pastor en Olleros de Pisuerga, donde celebramos una Eucaristía.

Estas iglesias no sólo son creación humana, son más, es como el pueblo ha intentado expresar su fe en una cultura concreta. Ha mediado entre Dios y el hombre, entre lo espiritual y lo sensible, es una de las maneras simbólicas de expresar lo incondicionado. Es cierto, otras formas como la filosofía y la teología son más directas, pero en el arte siempre podemos descubrir expresiones de transcendencia, y por lo tanto también una forma de desvelar la verdad, como nos recordaba Heidegger. Ese deseo de ir siempre más allá, de rebelarse antes los límites de la existencia, de reorganizar el todo para entender y ser. En la materia, también se puede descubrir como una experiencia mística, una epifanía de lo divino, es el “misterio del octavo día” como gustan los teólogos ortodoxos.
El domingo por la mañana fue un paseo por la naturaleza, Fontibre, alto Campoo, allí donde nace el Ebro, con el imponente pico de los tres mares al fondo, con el Saja y el Pisuerga caminando de espaldas y despeñándose por las altas cumbres. Allí se pueden recordar aquellos versos de don Miguel:
Agua que al azul lavaste 
agua de serenidad 
agua que lavas el verde 
agua de conformidad 
agua que pasó el molino 
rueda de vuelta a empezar 
agua llovida del cielo 
agua de dulce pasar 
agua que llevas mis sueños 
en tu regazo a la mar 
agua que pasas soñando 
tu pasar en tu quedar. 

La belleza de la naturaleza, también nos desvela en sentido del ser, la montaña, el monte, es el lugar de Dios. Para encontrarse con Él hay que subir, dejar el llano, la cotidianidad. Así nos lo recordaba Moisés en el Sinaí. Detrás de cada montaña, está siempre la casa del Padre, así nos lo recordaba Israel y el propio Jesús. También, que antes de subir a la montaña, deberemos caminar durante largo tiempo por el llano de la medianía, por el llano de la paciencia de la fe.

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